Luego de un corto o largo proceso de sufrimiento y traumas un niño abandonado por diversas causas, llega a un hogar. Pero este arribo al que eventualmente puede ser su nuevo y definitivo hogar, es sólo el comienzo de un proceso de sanidad física y sobre todo de sanidad espiritual.
Hace un tiempo hablamos de la importancia del amor en la vida de un bebé en gestación y en su temprana infancia. Afirmamos, que es tan o más importante que el alimento mismo y que la ausencia de este puede significar la muerte.
Con un panorama tan complejo como este, no podemos esperar que las cosas en el recién adoptado empiecen a fluir de un día para otro. Cuánto resentimiento o frustración en su corazón si es el caso, en el que sus nuevos padres y hasta psicólogos deben trabajar con mucha dedicación.
Algo muy similar se da en la vida del incrédulo cuando llega la los pies de Cristo “habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo” (Efesios 1:5) Obviamente existen casos en los que se llega a la vida en hogares de creyentes y esta aunque con sus luchas, se hace más llevadera y con una esperanza clara en el Salvador.
Otros con años como“hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios” (2 Timoteo 3:2-4) y sin la seguridad de un futuro a corto, mediano y largo plazo. Ausencia de seguridad en todo sentido y sobre todo con la zozobra sobre lo que será la eternidad.
Este es el proceso en el cual Dios nos permite “ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo” y comienza a trabajar a través de su psicólogo que el Espíritu Santo, pues “Dios os ha escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe” (2 Tesalonicenses 2:13) Proceso a veces nada fácil; pero que se desarrolla en el día a día y que nos prepara para la eternidad con el Señor.
Reconocer nuestra condición de pecado y la necesidad del señor Jesucristo en nuestras vidas es apenas el comienzo en la legalización de una vida nueva como hijos de Dios. Es todo un misterio claramente explicado por el Señor en su Palabra, que nos mueve de nuestra condición de criaturas a hijos; pero con las garantías que ningún otro proceso de adopción puede dar en el mundo, “y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna” (Mateo 19:29)
PREGUNTA: Es ya usted hijo de Dios?
MEDITELO Y DECIDA YA
- REFLEXIÓN BASADA EN LA VERSIÓN REINA-VALERA 1.960 –