Muchas, muchísimas historias son las que se tejen en el mundo y si nos pusiéramos a contarlas nos encontraríamos con algo nada sorprendente y reiterativo, el orgullo del hombre.
Por todo el mundo y en todos los tiempos, encontraremos estatuas, bustos y libros con biografías y autobiografías, que lo único que hacen es exaltar las escasas cualidades humanas.
Se hace énfasis en las proezas, las palabras, los logros y las victorias, pero nadie pone de manifiesto las falencias, los vicios o las adicciones de todos esos hombres y mujeres que exaltamos.
El rico se vanagloria en sus riquezas y el científico en sus descubrimientos, y la constante ha sido, es y será el “yo”. Nada más lejos de la realidad que nos acude como seres humanos creados por un Dios Todo poderoso.
“Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy; no suceda que comas y te sacies, y edifiques buenas casas en que habites, …, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tuvieres se aumente; y se enorgullezca tu corazón, y te olvides de Jehová tu Dios, … y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza” (Deuteronomio 8:11 - 17).
La advertencia es clara, pero la caída ha sido recurrente y en todas las generaciones. El mundo presente, es uno en el que la gente vive del yo y de lo que hace. Del ya y nadie puede esperar en la voluntad del que todo lo creó.
Sirviendo a los ídolos que el hombre mismo ha hecho, no sólo a las imágenes de piedra o madera como lo mencionamos días atrás en otra reflexión, sino a cosas tangibles como las posesiones físicas y el dinero o intangibles como el estudio, el pensamiento o sus títulos.
El mandamiento sigue siendo igualmente claro cuando dice “Sino acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, …. Mas si llegares a olvidarte de Jehová tu Dios y anduvieres en pos de dioses ajenos, y les sirvieres y a ellos te inclinares, yo lo afirmo hoy contra vosotros, que de cierto pereceréis.” (Deuteronomio 8:18,19).
Para buen entendedor pocas palabras, además de muy claras. Lo cierto es que el hombre y mujer del promedio, se alejan cada vez más de Dios y sus preceptos; el declive moral se pronuncia cada vez más y el desenlace es inevitable.
El individuo se mira en el espejo, pero no para considerar su miseria, sino para exaltar su pequeñez. Por donde usted vaya la condición es la misma, sólo que de otro color, raza o idioma.
REFLEXIÓN: Es una lástima que la constante sea el alejamiento y no el acercamiento a Dios!
LA REFLEXIÓN ES PARTE DE LA VIDA!
- BASADA EN LA VERSIÓN REINA-VALERA 1.960 –
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