Pero siguiendo con el tema, nos encontramos que el rechazo al mensaje de Salvación es más normal de lo que uno pudiera pensar. Todo esto basado en la falta de conocimiento de la gente por un lado, y por otro porque creemos que no lo necesitamos.
Por estos días acompaño en consejería a una recomendada de otra señora a la que tuve el privilegio de llevar a Cristo hace varios años. No es lo indicado en términos de procedimiento, pues lo ideal es que una persona del mismo sexo lo haga.
No obstante y escuchando sobre su situación, pensé que no había tiempo que perder y ahí vamos. Por fortuna es vía chat y el contacto en mínimo; pero asombra todavía lo lejos que está la gente de Dios y su palabra.
Con respeto lo digo, pero parece que le estuviera hablando a un ser de otro planeta. Se dice religiosa, pero no sabe absolutamente del propósito de Dios para la humanidad. Es ahí donde versos como este del Antiguo Testamente demuestran su vigencia miles años más tarde “Los labios del justo apacientan a muchos, Mas los necios mueren por falta de entendimiento” (Proverbios 10:21).
Y no porque sea yo el más justo, porque la verdad me considero como dice Pablo en una de sus cartas, el peorcito de los hijos de Dios; sólo que me visto con Su misericordia y disposición para servir y que otros le conozcan.
En este orden de ideas, es que vemos la imperativa necesidad de divulgar el Evangelio, y que la gente conozca a Cristo y le reciba. Otros han sido enseñados y a medias también, sobre una falsa justicia mediante la cual pretenden justificar su pecado o su ignorancia.
Es de vital importancia entender que cuando le rechazamos al Señor basados en esa falsa justicia, estaremos listos para pasar la eternidad siendo parte de la familia del diablo “Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: Por qué me has hecho así?” (Romanos 9:20).
Cuando le rechazamos, estamos cuestionando al Creador y como dice el verso, quiénes somos para refutar al que lo hizo. Estamos tan ajustados al patrón que reina hoy en una sociedad en donde los hijos controlan a sus padres, que queremos hacer lo mismo con Dios.
No sólo para ser de su familia, sino para que hagamos del infierno nuestro hogar por la eternidad. Pero existe la gran e irreemplazable oportunidad de cambiar nuestra dirección de domicilio eterno, cuando recibimos a Cristo como nuestro único y suficiente Salvador.
Lo hemos comentado antes y en muchas oportunidades, estamos seguros de que absolutamente todos los seres humanos que hayan pasado y pasen por la tierra, entenderán la verdad que habría cambiado su eternidad.
Pero ya tal vez sea demasiado tarde y se perdieron de ser de la familia de Dios y el cielo como su hogar definitivo “…porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” (10:13).
REFLEXIÓN: Hay una gran y abismal diferencia entre tener un hogar en el cielo o uno en el infierno!
LA REFLEXIÓN ES PARTE DE LA VIDA!
- BASADA EN LA VERSIÓN REINA-VALERA 1.960 –
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