Como parte de nuestra naturaleza caída,
nos hemos vuelto tan independientes que consideramos a Dios al margen de lo que
ocurre en nuestras vidas en el día a día. Este es uno de los tristes atributos
del enemigo que empezó por esto, luego se llenó de soberbia y terminó por
querer ser como Dios.
La Biblia dice que cuando usted no es
creyente no es hijo de Dios y por consiguiente es hijo del enemigo. Es apenas
obvio que el hombre natural y sin Dios desarrolle el comportamiento de Satanás.
Este mundo está lleno de estas
personas, que no quieren depender de nadie y en su autosuficiencia pretender
llegara sus metas a cualquier precio. Lograr éstas metas a veces utópicas,
requiere necesariamente obrar por fuera de los parámetros del Señor.
Hasta en las personas más nobles
aparentemente, nos encontramos si no con estas prácticas, siendo permisivos con
ellas. Que el hijo es narcotraficante, pero trae las cosas para nuestra comodidad
dicen; que la hija se declaró lesbiana; pero es la única que trabaja y nos paga
el arriendo.
La corrupción disfrazada de rectitud
está a la orden del día y se usa la ilegalidad revestida de justicia para
lograr ganancias. Réditos de malos orígenes que tarde o temprano pasaran la
factura al que así obró.
El título de nuestra reflexión busca
un cambio y alguien que lo pueda proveer. La cárcel es uno de los sitios más
especiales en este sentido; por diversas razones la gente llega a allí y en
medio de esa triste condición, muchos se acaban de perder, así como muchos se
encuentran con el único que transforma.
Un hospital a pesar de una penosa
enfermedad, no proporciona el caldo adecuado para el arrepentimiento. Ejemplos
cercanos de estas condiciones, nos permiten decir con seguridad, que si el
individuo promedio del mundo tuviera un tiempo confinado y con la perspectiva
de muchos años allí o de morir al final de proceso, tendría un ochenta por
ciento de posibilidades de llegar a Cristo.
Cristo
es el único que aparece como ayuda real en estas y en todas las circunstancias
de la vida. Existe en terapeuta, el trabajador social, el psicólogo o el
psiquiatra; pero ninguno de estos tiene la capacidad de confrontar como lo hace
la Palabra y de salvar y transformar como el Salvador “…al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la
humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el
poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas“(Filipenses
3:20,21); el hombre natural está tan lejos de Dios, que solo alguien
sobrenatural lo puede salvar.
REFLEXIÓN:
La independencia siempre tiene sus riegos!
REFLEXIÓN QUE CAMBIA!
- BASADA EN LA VERSIÓN REINA-VALERA 1.960 –
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