A todo el mundo
parece que el propósito de la vida es trabajar, estudiar y amontonar riqueza.
Que entre la pobreza y la riqueza se mueve la vida del ser humano, y nada más
lejano de la realidad bíblica.
Entre la escuela, el
pre, el pos-grado, el MBA o el doctorado; en esto se desgasta el hombre en su
diaria carrera. Otros siguen en su búsqueda de conocimiento y devorando libros
como ratón de biblioteca.
Que buen hábito es la
lectura, se adquiere cultura; se aprende ortografía y se amplía el panorama
intelectual; pero se estará adquiriendo la sabiduría para la vida?. Veamos qué
dice la Palabra y reflexionemos sobre
el tema: “Ahora, hijo mío, a más de esto, sé
amonestado. No hay fin de hacer muchos libros; y el mucho estudio es fatiga de
la carne” (Eclesiastés 12:12).
Si comenzamos por lo
que dice en este verso podemos determinar que no. Tal vez se adquiera conocimiento,
pero no sabiduría. La sabiduría es de Dios y está cargada de información para
una vida fructífera, el conocimiento es un mar de términos de diversas
disciplinas; pero sin la capacidad de solucionar la vida presente y menos la
futura.
Confiaría usted la
construcción de un gran puente a un ingeniero recién graduado? Ya lo creo que
no, al recién egresado se le cae hasta un sardinel. Tal vez en su país no se le
llame así, pero es en borde que lleva el andén o vereda de cemento en las
calles.
El conocimiento
envanece y no hay mejores candidatos a ateos que los devoradores de libros. Obviamente
existe el otro extremo en el iletrado; pero esto ya es un problema de corazón
que no le permite entender.
La Biblia dice que el
reino de Dios es para los que son como niños y esto sólo quiere decir que para acercarse
a Dios, se debe estar desprovisto de los prejuicios propios del mundo que
vician a un corazón sencillo. Ni la mucha letra ni la ignorancia son los
caminos que nos llevan a Él.
REFLEXIÓN: Que el doctorado o la ignorancia no lo maten por la eternidad!
REFLEXIÓN QUE CAMBIA!
- BASADA EN LA VERSIÓN REINA-VALERA 1.960 –
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“el reino de Dios es para los que son como niños” (Eclesiastés
12:12)