“Jerusalén, Jerusalén,
que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! Cuántas veces
quise juntar a tus hijos, como la
gallina a sus polluelos debajo
de sus alas, y no quisiste”
(Lucas 13:34)
No importando el hogar en el que hayamos nacido, los
cuidados y dedicación que tuvieron nuestros padres; nada puede compararse al
profundo deseo protector de Dios por la humanidad. Los primeros habitantes del
Edén, fueron creados en un estado ideal y con todo lo necesario para vivir.
Posterior a esto, la Biblia describe las innumerables
intervenciones del Señor para dar provisión y bendición en todo sentido a Su
pueblo. Describe como aquellos reyes que hicieron lo bueno delante de Él,
tuvieron no sólo prosperidad y larga vida, sino que pudieron ir al sepulcro con
sus padres en paz.
Cuando el señor Jesús vino al mundo, días antes de ser
crucificado y en su entrada triunfal a Jerusalén, se detuvo en la afueras de la
ciudad, la miró con profunda tristeza y habló como lo expresa el verso de la reflexión,
sobre el reiterado deseo protector de Dios.
Hoy sigue vigente este propósito y Dios sólo espera
por nosotros; por los que le conocemos y más aún por los que no le han
recibido. Irónico y hasta absurdo que el Creador se tome tanto trabajo y
paciencia esperando a Su creación.
Basta ver la limitada tolerancia de algunos padres con
sus hijos; pero con Dios todo es diferente, por que Su esencia está basada en
amor puro y no en lo que nosotros conocemos como amor en el mundo.
Un día muy cercano, Jesucristo ya no vendrá como
salvador sino como juez y la oportunidad de vida eterna con Él habrá quedado
atrás. No obstante, esto seguirá siendo parte de ese fervoroso e inquebrantable
deseo de proteger a Su pueblo representado en la iglesia, y devolverle ese
estado perdido e ideal del Génesis.
PREGUNTA: Está usted bajo las alas de
Dios?
REFLEXIONE Y
DECIDA!
- REFLEXIÓN BASADA EN LA
VERSIÓN REINA-VALERA 1.960 –
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