Un tema que no deja de ser actual es la permanente carrera de los seres humanos por obtener cosas. Llámense títulos, casa, vehículos, viajes o cualquier cosa que signifique el anhelado estatus social que quieren obtener o mantener.
Asunto nada nuevo para los que tenemos algún conocimiento de la Biblia. En el libro de Miqueas, el profeta nos muestra un contraste entre la ostentosa ciudad de Jerusalén y la humilde Belén.
En la primera se tejían todos esos ingredientes que acabamos de mencionar, los lideres judíos de ese tiempo se habían dedicado a negociar con las cosas de Dios y es así como Anás y Caifás por los días de Jesús, tenían un negocio multimillonario en las instalaciones del templo.
Negocio que no salía de la familia ya que el primero era el suegro del segundo y la dirección de esto se la turnaban entre ellos y otros familiares. Es de anotar que no era un negocio de poca monta o chichiguas, era algo muy grande.
Así las cosas, este deseo por la riqueza en todo el liderazgo judío caló en su amor y devoción por lo ordenado en la Palabra de tal manera, que terminó llevando a la destrucción de esta gran ciudad.
Mientras todo esto se cosía para ellos, en el lado opuesto, en una pequeña aldea con mala reputación ya que allí se estacionaban los ejércitos romanos y por supuesto esto traía grosería, prostitución, borrachera y vicios afines, allí nacía el que iba a cambiar todo para la humanidad.
Cuando el señor Jesús les habló de lo que se les venía, por supuesto nadie le creyó. Estaban tan ensimismados, que ni aun los milagros del Señor les hizo pensar en la necesidad de tomar otro rumbo.
Esta condición apenas era la prolongación de lo que se dio en el Edén con la caída que a todos nos arrastró. Sólo lo que estaba pasando en la pequeña y desacreditada Belén sería el nuevo comienzo “Y tú, Belén, de la tierra de Judá, No eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; Porque de ti saldrá un guiador, Que apacentará a mi pueblo Israel” (Mateo 2:6).
Uno, que para los judíos por su vida disoluta rechazaron, y para nosotros que hoy conformamos la Iglesia de Cristo en crecimiento. Comienzo que se ha prolongado por más de dos mil años a la espera de que usted amigo lo acepte también.
Mientras en una ciudad se cocinaba el desastre no sólo físico, sino espiritual, en la otra que nadie reconocía como buena, se cosía la salvación eterna de la humanidad. Como siempre lo decimos en reflexión, el asunto es tan sencillo como complejo y todo depende desde dónde lo miremos.
Que la “riqueza” y las cosas de este mundo no le sigan engañando apreciado lector, y termine no como parte de lo que pasó en Belén, sino de la destrucción de Jerusalén.
REFLEXIÓN: Es muy fácil caer deslumbrado por la opulencia de las grandes ciudades!
LA REFLEXIÓN ES PARTE DE LA VIDA!
- BASADA EN LA VERSIÓN REINA-VALERA 1.960 –
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