En alguna reflexión anterior hablamos de la Morada de Espíritu Santo y hoy
queremos hacerlo nuevamente, pues la verdad para el creyente, es que ésta presencia
“se siente”. Para poner en contexto a aquellos que no conocen del tema,
comenzaremos por recordar que el Espíritu de Dios de viene vivir en aquel que
ha recibido a Cristo como su Salvador.
Dice la Biblia, que cuando se
dimensiona la necesidad del perdón, de algo o alguien que nos permita recibirlo
y salvar nuestras almas, ahí está ese propiciador. El señor Jesús vino para ser
ese cordero perfecto que nos libra de la muerte.
En el sistema ceremonial del Antiguo
Testamento, el pueblo judío precisaba entre otros, de un sacrificio por el perdón
de los pecados y se presentaba un macho cabrío sin defecto. Su sangre derramada
lo permitía, pero esto tenía que llevarse a cabo regularmente.
En el nuevo pacto de Dios con la
humanidad, el proveyó un sacrificio perfecto y definitivo en Cristo y cuando lo
aceptamos, el Espíritu Santo viene a morar en el cuerpo del nuevo creyente. No
como algunas doctrinas lo plantean, que se debe esperar el bautismo del Espíritu
posteriormente.
Cuando esto se da, tenemos el
privilegio de ser Su casa y de ahí la importancia de mantener nuestros cuerpos
limpios de pecado “…así como para
iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la
iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir
a la justicia” (Romanos 6:19). Es
maravilloso entrar a ser la habitación del mismo Espíritu de Dios; pero esto
tiene sus implicaciones.
La
pregunta obligada es, viviría usted en un sitio lleno de basura, nicotina,
tabaco, alcohol, sexo o cualquiera de las costumbres del hombre común y sin
Dios?. Ya lo creo que no y de ahí la importancia de mantener limpia esta casa y
no como lo describe la Biblia, llenos de inmundicia.
Hay algo más, cuando por alguna
circunstancia el creyente peca y es de esperarse por que todavía no ha sido
perfeccionado, sino que está en proceso, dice la Palabra que el Espíritu se
contrista.
Como
una persona que es y no una fuerza como algunos lo enseñan, Él se siente mal, se
ausenta del creyente y volvemos al nombre de la reflexión de hoy, su distanciamiento “se siente”. “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual
fuisteis sellados para el día de la redención” (Efesios 4:30). No se
tiene la paz habitual, se pierde la comunión con Dios y el bienestar que sólo Él
nos puede dar.
Por último entendemos tener en Cristo un
intercesor (1 Juan 2:1), un abogado que restaura esa
relación cuando pedimos perdón; pero no podemos adoptarlo como una costumbre.
Debemos apartarnos del pecado y permitir que el Espíritu obre a través del proceso
de santificación que inicia cuando aceptamos al Señor como nuestro Salvador.
REFLEXIÓN: Cambiar la paz de Dios por
el pecado es apartarse de la vida!
REFLEXIÓN QUE CAMBIA!
- BASADA EN LA VERSIÓN REINA-VALERA 1.960 –
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